Luego de la muerte, muchos teólogos confían en lo que se llama “(…)atemporalismo: afirmando que después de la muerte el tiempo no puede de ninguna manera existir más (…)”. Por ello, sostienen que ‘todos morimos al mismo tiempo’, es decir, al no haber tiempo, la muerte eterniza al hombre. Por ende, las resurrecciones también serán simultáneas.

Según la tradición bíblica, el pueblo de Israel creía que los hombres debían subsistir después de la muerte en un lugar llamado sheol. Era una segunda vida, tanto para los justos como para los impíos. Era un mundo subterráneo al cual debían descender los que iban a él (Gn 37,35; Num 16,30-33). Los muertos (refaim) que están allí “no alaban al Señor y están separados de él”. Será a partir de esta idea del sheol cuando se empezará a hablar de resurrección.

Ya en el Nuevo Testamento se cree en una supervivencia inmediata luego de la muerte. Y resurrección es, justamente, aquella unión profunda con Cristo, la comunión que nos lleva a Dios.

Por otra parte, la Iglesia cree que existe un estado de purificación luego de la muerte, un estado intermedio entre el mundo y la contemplación divina. Cuando uno muere, “existe una comunión con Cristo resucitado que, si es necesario, presupone una purificación escatológica” .Entonces, la muerte es el paso del hombre a la eternidad, y a un purgatorio si es que necesita de ello.

El purgatorio significa que, por gracia de Dios, se concede al hombre madurar de forma radical luego de morir. El purgatorio es ese proceso, doloroso como todos los procesos de ascención y educación, por medio del cual el hombre, al morir, actualiza todas sus posibilidades y se purifica de todas las marcas con las que el pecado ha ido estigmatizando su vida, sea mediante la historia del pecado y sus consecuencias o sea por los malos hábitos adquiridos a lo largo de la vida.

Es un estado intermedio, “habla con gran alegría de la esperanza de la parusía de Dios que ‘transformará a nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso’ (Flp 3, 21)”

La Sagrada Escritura contempla otra posibilidad, la de que el hombre fracase en su destino de  alcanzar la salvación y se hunda en un horror que sobrepasa todo lo imaginado: la condenación o infierno.

El infierno supone la negación de aquella comunión con Dios que constituye la bienaventuranza de los muertos. Se habla de perder la vida (Mc. 8,35), del “horno de fuego” (Mt 13,50), del “fuego que no se apaga” (Mc 9,43.48), del “llanto y rechinar de dientes” (Mt 13,42), del “fuego que arde con azufre” (Ap 19,20), entre otras citas bíblicas. El infierno es una condenación eterna. Significa perder a Dios. Sin embargo, según Carvajal, Dios no ha creado el infierno, porque todo lo que tiene en Él su origen es bueno. ¿Y por qué? Porque “el infierno es una situación humana y, por lo tanto, no es algo que pueda existir con independencia de que alguien decida colocarse en dicha situación”. El infierno tiene que ver con el endurecimiento de una persona en el mal. Por ende, es un estado creado por los mismos que se condenan.

Ahora bien, el cielo o paraíso es la continuación lógica de los otros temas escatológicos que ya hemos visto.

Cuando hablamos de cielo hablamos del Reino de Dios. Según Carvajal, al igual que el purgatorio y el infierno, el cielo es un estado de amor y de gracia eterna, de comunión profunda con Cristo y de contemplación y gozo eterno de nuestro Padre, Dios.

Como ya se dijo, la resurrección de Cristo ha de extenderse a aquellos que pertenecen y aceptan a Cristo. Lo acontecido en Cristo con su resurrección significó la confirmación categórica de la esperanza cristiana: Dios no abandonará a sus elegidos en poder de la muerte. Pero ojo: la inmortalidad del alma no significa lo mismo que la resurrección de los muertos. La inmortalidad del alma significa la existencia de la misma por siempre, mientras que la resurrección de los muertos es la divinización o glorificación del ser humano con cuerpo y alma, la que alcanzará una vida plena semejante a la que recibió la humanidad de Cristo al resucitar.

Ahora bien, ¿cómo resucitarán los muertos? Es decir, ¿con qué cuerpo? Según San Pablo la imagen de la semilla propuesta en Cor 1, 35-49 trata de ilustrar la necesidad de pasar por la muerte en atención a la trasformación definitiva del ser. Pablo presenta así al cuerpo actual como el “grano desnudo” que no es todavía el cuerpo definitivo; desde este cuerpo provisional que hoy poseemos, no podemos ni siquiera imaginar cómo será nuestra corporalidad resucitada.

Entonces, cuando hablamos de cuerpo no hablamos de cadáver. Es diferente. Cuando hablamos de cuerpo hablamos de un cuerpo místico, el de Cristo, pues ” (…) habiendo llegado a su fin la historia, la resurrección de todos los ‘co-servidores’ y hermanos completará el cuerpo místico de Cristo” (Apoc 6, 11). Por ende, es el cuerpo de Cristo quien resucita alcanzando así su plenitud, y los individuos singulares llegarán a la resurrección en cuanto que se hagan miembros de ese cuerpo.

A todo esto, el hombre porta de un elemento consciente llamado alma (psyché). Ésta hace que la esperanza escatológica cuente con una fase doble: entre la muerte y el fin de los tiempos existe la psyqué humana. Esto último hace que el hombre jamás deje de existir totalmente. Sin embargo, se han elaborado “nuevas teorías que afirman la resurrección en el momento de la muerte para que no queden espacios vacíos entre la muerte y la parusía”

San Pablo en Grecia:

En Grecia, antes y después de la revelación Cristiana en Roma, “(…) existían dos tradiciones míticas muy diferentes pero solidarias entre sí(…)” que se referían a los cataclismos griegos futuros: la teoría de las edades del Mundo, que comprendía el mito de perfección de los comienzos y la doctrina cíclica.

Hesíodo fue el primero que escribió acerca de la degeneración progresiva de la humanidad en el curso de las cinco edades. La primera, la Edad de Oro, bajo el reino del dios Cronos (el tiempo) era una especie de paraíso: los hombres vivían mucho tiempo, no envejecían nunca y su existencia era semejante a la de los dioses del Olimpo. “(…) La teoría cíclica tuvo su aparición con Heráclito que tuvo gran influencia sobre la doctrina estoica del Eterno Retorno. Más adelante se constatará la asociación de estos dos temas míticos (…)”.

Luego de las influencias orientales, los estoicos tomaron de Heráclito la idea del Fin del Mundo por el fuego, mientras que Platón sostuvo que el fin del mundo sería El Diluvio.

Atenas, en aquel momento, era una tierra politeísta y que desconocía la resurrección de la carne. Los griegos creían en la descensión del alma humana al Hades -Tierra de los muertos o infierno- y confiaban en la permanencia eterna del alma en el hades sin posibilidad juicio previo.

El Hades, según la mitología griega, está gobernado por Hades, el dios de los infiernos. Un dios inmortal que conserva las mismas pasiones que los hombres y que no es más malo o justo que los demás o que el mundo entero por ser el dios de los muertos.

En Hades, entonces, permanecen por siempre las almas de todos los hombres. Por ello era muy importante para un griego la práctica correcta de ritos funerarios y enterrar honorablemente a sus muertos, porque creían que el hombre alma, al carecer el cuerpo de un entierro digno, jamás podría descansar en paz.

Ahora bien, luego de la revelación cristiana, San Pablo se encaminó a Atenas a fin de predicar el kerygma. Una vez allí, la Biblia afirma que San Pablo inició un discurso memorable al senado de los sabios paganos, en el Aerópago, y les habló de un “Dios desconocido”, de un único Dios todopoderoso y eterno. “(…) Pues bien, lo que adoraís sin conocer, eso os vengo a anunciar” (Hch 17, 23). Aquel que ha creado todas las cosas, que nos ha redimido y que un día resucitará nuestra carne.

Al hablar de la resurrección de los muertos, fue interrumpido por gritos, murmullos obstructivos y carcajadas. “(…) ¿Qué querrá decir este charlatán? (…) Parece ser un predicador de divinidades extranjeras (…)” (Hch 17, 18). Muchos oyentes abandonaron el lugar, mientras que otros se acercaron al orador para decirle: “Basta por hoy, otro día nos hablarás de estas cosas”. Pero algunos creyeron. Al salir Pablo de Atenas, con tristeza por los pocos adeptos conseguidos, se encaminó a Corinto.

Se concluye, entonces, que los griegos no aceptaron el misterio de la resurrección de la carne porque ellos tenían otras creencias. No entendían el hecho de que el hombre pudiera resucitar en un cuerpo glorioso. A falta de fe quizás, no pudieron comprender el misterio de un Dios trino y resucitado. Porque en Grecia, el fin de los tiempos -como ya se dijo- tiene que ver con la teoría de las edades del mundo y con el Eterno Retorno.

Conclusión:

Pudimos ver que la escatología encierra los misterios más profundos. La Biblia nos habla de escatología en el Apocalipsis, pero de manera metafórica y confusa. Si fin de los tiempos tiene que ver con la muerte, debemos morir para poder ser partícipes de la comunión con Dios en Cristo.

Es verdad, nadie dijo que morir fuera algo lindo o deseable. Pero retomando la fe, afirmo que Cristo tampoco. Él no quería morir pero sabía que iba a resucitar al tercer día. También sabía que debía cumplir con la voluntad del Padre.

La muerte, entonces, se muestra como una señora desconocida. El hombre teme a la muerte porque todo aquello que el hombre desconoce le teme. San Pablo ya lo dijo una vez: “El salario del pecado es la muerte” (Rom 6, 23). Entonces es cierto, la muerte es consecuencia del pecado.

Más allá de lo que sea, es natural que el hombre sufra la muerte de las personas que ama. La muerte de alguien cercano es fea, el que sufre se enoja, llora, se cuestiona el por qué, reza, se abandona y, si el golpe no es muy fuerte, la acepta.

Hay que entender que la muerte es parte de la vida; es decir, la vida no sería “vida” sin muerte.

Si decimos que la muerte es “una oportunidad en la cual el hombre puede y debe manifestarse como hombre”, debemos ayudarnos de la fe y de la esperanza, de la revelación cristiana, tenemos que acordarnos de que Cristo resucitó y venció a la muerte, a toda enfermedad y a todo sufrimiento que existió, que existe y existirá.

Hay que creer a la muerte como una “puerta” que conduce a la comunión con Cristo.Por ello, según la Comisión Teológica Internacional, debemos ayudarnos de los sacramentos, que nos preparan para la muerte.

De hecho, en la escatología y revelación cristiana “la eucaristía es el remedio de la inmortalidad”

Fuente: http://www.religionenlibertad.com