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Por: Carlos Luis González

Aun cuando la cultura occidental en su pensamiento más ortodoxo considera la música y los funerales como dos puntos incomulgables e inmensamente opuestos, algo que vendría a ser en una metáfora coloquialista; agua y aceite. Esto quizá fundamentado en la errada connotación del arte musical como sinónimo de festejo, para ser tomado de esta manera en un sentido muy contradictorio e incongruente con el sentimiento de duelo.

Pero más allá de eso descubrimos, que tal teoría no es totalmente cierta, la música como arte puede no sólo expresar sentimientos con mucha facilidad, también puede generarlos y acrecentarlos, tanto que poco a poco ha vencido eso paradigmas culturales que la alejaban de algunos funerales.

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Es preciso mencionar que en el continente africano, por el ejemplo en República Centroafricana, los Pigmeos Aka acompañan las ceremonias de inauguración de nuevos campamentos, de Caza y actos fúnebres con música y danza. Estas prácticas le han hecho merecedores del reconocimiento de la UNESCO en el año 2003 como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad y en el 2008 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Pero si de esa antigüedad inmersa en la tradición oral Aka, nos transportamos al clasicismo en Europa, encontramos los Réquiem, esta palabra etimológicamente de origen latín puede traducirse como “Descanso” y también es el inicio de la oración cristiana: “Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis…” y que al castellano se traduce en: “Dales Señor, el eterno descanso, y que la luz perpetua los ilumine, Señor…”

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También para aquellos tiempos se reconoce el Réquiem como el juego de pentagramas que acompañaban la solemnidad de las misas de los difuntos, entonces así, como el “Ave María”, empieza a colarse en las melodías de los más reconocidos compositores de la época y nacen un gran número de piezas tituladas simplemente Réquiem.

El primero que se conserva aún no ha sido fechado pero se sabe que es previo a 1544 y le pertenece a Johannes Ockeghem,  partiendo de allí son muchas las obras que han perdurado  y muchas más han seguido naciendo, pero una gran mayoría por su duración y la necesidad de orquestas para ser interpretadas  se han aletargado en el pentagrama.

Uno de los réquiems más ejecutado y más recordado, habita en el genio y legado de Wolfgang Amadeus Mozart, obra que sellaría su repertorio, hecha en el ocaso de su vida y poco tiempo antes de morir, esta sinfonía inconclusa no solo sirvió como tributo a su huella algunos días después de su ausencia, también fue la melodía que le rindió sus honores en los funerales a Ludwig van Beethoven, Fryderyk Chopin y Napoleón Bonaparte.

 

Del nuevo mundo y en una época más cercana aún vigente, solo por citar un caso podemos llegar hasta New Orleans, así como muchas otras regiones de américa latina encarnó la mixtura de razas (africana y europea con mayor acento) dando como resultado la metamorfosis de corrientes culturales influenciadas por la fusión de las antiguas costumbres heredadas y adaptadas a un nuevo espacio y tiempo.

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Es así, que entonces del pasado colonial de Luisiana se tomaron las bandas de corte marcial, que eran usuales en muchos tipos de ceremonias y pasaron a formar parte de la procesión o cortejo fúnebre, todo esto fue cohesionándose simultáneamente con prácticas espirituales nigerianas traída a New Orleans por algunos inmigrantes pertenecientes a la tribu Yoruba, las fuertes influencias de la iglesia católica y protestante, sin restarle méritos a las bandas de música negra y la creencia haitiana relacionada al Vudú de celebrar después de la muerte con la intención de complacer los espíritus que cuidan de los muertos.

Esto ha brindado un puesto privilegiado en los sepelios a la música y ha originado lo que hoy se conoce como los Funerales del Jazz. En igual medida los músicos han venido rompiendo los convencionalismos y han pedido que sus actos luctuosos sean ambientados con el arte que les acompañó y muchos compositores han incluido en sus letras sus pensamientos sobre la impostergable partida.

Y así encontramos canciones como “Canto A Caracas” del maestro Dominicano Luis María “Billo” Frometa e interpretada por Cheo García con la orquesta Billos, interpretada también en muchos funerales de músicos venezolanos.

“Y es que yo quiero tanto a mi Caracas

que solo pido a dios cuando yo muera

En vez de una oración sobre mi tumba

El ultimo compás de alma llanera”

Pero con la práctica impuesta por los músicos se han flexibilizado los dogmas tradicionales relacionados con el duelo, para darle apertura en estos últimos años a canciones populares como “Nadie es eterno en el mundo” de la autoría del cantautor colombiano Darío Gómez popularizada por él, por Antonio Aguilar y más recientemente por el salsero Tito Rojas.

Esta tonada es la obra de mayor arraigo entre los seres queridos a la hora de recordar al ausente y para rendirle honores la han convertido en lo que podría denominarse fácilmente como una de las “Melodías del Adiós”.

  Articulo publicado en “Canadefu la Revista” No 4 edición del mes de mayo -julio  2015 

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